Retomo el debate sobre Dogma 95 con el siguiente fragmento del artículo El documental y la cultura de la sospecha, escrito por Josep Lluís Fecé y publicado en el libro "Imágenes para la sospecha. Falsos documentales y otras piruetas de la no-ficción" (Editorial Glénat).
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Afortunadamente, disponemos de argumentos suficientes para poner entre paréntesis la supuesta transparencia de la imagen y liberar al documental de la obligación, igualmente supuesta, de restituir la realidad de la forma más objetiva posible. De todas formas, todavía quedan, en el terreno de la práctica, algunos cineastas empeñados en resucitar el debate sobre la transparencia: el (pen)último intento, la astuta creación del logo Dogma 95 por parte de Lars Von Trier y un grupo de amigos. El realizador danés decide pergeñar, junto a un grupo de socios inversores, una especie de manifiesto (seguramente pensado para jóvenes menores de treinta años) que recoge los aspectos más vistosos y superficiales del cine directo de los años sesenta y setenta. Se supone que la utilización de equipos ligeros de filmación (en este caso de cámaras digitales), el rodaje en exteriores, el recurso a actores no profesionales o simplemente, a personas como usted y como yo, la negación del montaje o de la edición, ha de devolver al cine su capacidad de reproducir el mundo real o una mirada no contaminada por aprioris, clichés y tópicos.
[...] en su día, el cine directo dio un nuevo impulso al debate sobre la naturaleza de la imagen en movimiento y, desde luego, cambió el concepto y la práctica de la puesta en escena. Pero sobre todo, renovó el debate sobre la posibilidad de usar los films como instrumentos de acción social. Ni rastro de ello en el manifiesto de Von Trier y compañía. Y aunque, afortunadamente, pocos críticos y cineastas se han tomado en serio el revival de Lars Von Trier y sus amigos, no cabe duda de que tanto el Dogma 95 como el debate (estéril) sobre la falsedad de las imágenes está teniendo cierta repercusión en un momento en el que proliferan todo tipo de escuelas de cine y por consiguiente, jóvenes dispuestos a convertirse en directores famosos tras unos pocos meses de prácticas. Así, no es necesario ser un especialista para darse cuenta de que las escenas de un film como, por ejemplo, Los idiotas (Idioterne, 1998), nada tienen de espontáneas, al contrario, revelan una calculada imperfección; ni el peor de los estudiantes de las cada vez más numerosas escuelas de cine y vídeo del mundo editaría o iluminaría las escenas de ese modo. Ahora bien, películas como la citada permiten a esos estudiantes soñar con la posibilidad de transformar su inexperiencia en categoría estética (algunos lo consiguen), mientras que Lars Von Trier y sus amigos obtienen unos ingresos extra gracias a la expedición de certificados Dogma solicitados por directores noveles de todo el mundo, deseosos de conseguir una pequeña, aunque suculenta, porción de mercado, teniendo en cuenta que para ellos sólo basta una inversión mínima (tanto creativa como económica).
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miércoles, 9 de abril de 2008
sábado, 27 de octubre de 2007
Juande se va del Sevilla por culpa de Godard
Parece ser que Juande Ramos tomó la decisión después de una reunión de más de tres horas con su asesor de confianza, Jean-Luc Godard, cuya opinión parece haber pesado, y mucho, en la decisión final del técnico sevillista. Godard, ex-representante de gente del mundo de la farándula, ex-agente FIFA y (según dicen algunos) hasta director de cine, dirige una exclusivísima empresa de asesoría judicial, financiera y deportiva que en los últimos años se ha ido haciendo con los servicios de gente tan influyente como João Havelange, Uwe Ball, Josep Lluís Fecé o Rolf Tarrach, entre otros.
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